El Señor de las Cinco Llagas presidió la Eucaristía de Cenizas en el presbiterio de la Basílica; junto a Él, hermanos, fieles y devotos participaron del rito de imposición con el deseo profundo de dejarnos tocar y ser convertidos.
Como cada año, y a la finalización de la Eucaristía, todo el cortejo se dispone en la nave principal de la Basílica y discurre lentamente hasta ese mismo instante en que nos cruzamos con la mirada de su Madre, que desde la sencillez y sobriedad de su altar nos sorprende antes de continuar con el acto piadoso. Ella, y solo Ella, nos recuerda allí mismo que la Esperanza es la virtud fundamental en nuestro deseo de cambio.
La silueta del Señor enmarca el dintel de salida, precedido de un reguero de cirios rojos. El incienso y las voces blancas de la escolanía salesiana, que como cada año nos acompañan, se elevan en el silencio del compás de la Basílica, recordándonos que nuestra oración también asciende y es escuchada.
El cortejo avanza y, en la encrucijada de las calles Sol y Madre Isabel de la Trinidad, hacemos sendas estaciones en el Beaterio de la Santísima Trinidad y la casa natal de Santa Ángela de la Cruz. Allí experimentamos en silencio que Dios es verdadero centro de vida en las vocaciones y obras de las hermanas y también para nosotros, que nos llena y da sentido a nuestro día a día, aunque a veces nos cueste caer en la cuenta.
El entorno de Santa Lucía y Enladrillada nos conduce a la visita de las Siervas de María, las Hermanas Jerónimas de Santa Paula y Filipenses de Santa Isabel, lugares recogidos y austeros, remansos de espiritualidad. Con ellas pedimos la intercesión del Señor en sus carismas y obras. También nos invitan a reflexionar, ya entrada la noche, sobre el ayuno y la limosna. Qué difícil desprendernos de lo material y hacer el sacrificio de entregar tiempo de calidad al servicio de los que nos rodean.
Dejamos atrás la imponente portada renacentista del convento de Santa Isabel y, sorteando la bella fuente de la plaza, visitamos casi de inmediato a la querida Hermandad de los Servitas. Ante sus Sagrados Titulares hacemos estación y oración fraterna.
Por la calle Socorro hacemos estación en la puerta del edificio que fuera casa de las Hermanas Concepcionistas, el Convento de Santa María del Socorro. Una extraña sensación de añoranza nos recuerda cómo, hasta no hace mucho, las religiosas nos abrían sus puertas para acogernos y hacer un paréntesis en su vida contemplativa, guiando la oración ante el Señor. Al reanudar la marcha, la esbelta torre azul cobalto de la Parroquia de San Román nos recuerda que va llegando el final, las últimas estaciones.
Los hermanos y hermanas que acompañan aprovechan los últimos relevos para portar las andas del Señor y estar aún más cerca de Él. Ya a las puertas de la Basílica, el ambiente es de absoluto recogimiento y nuestros últimos pasos nos llevan nuevamente a postrarnos ante la atenta mirada de Nuestra Señora de la Esperanza.
Tras la oración final y, ante la Santísima Virgen, hallamos la motivación más profunda para seguir contemplando al Señor de las Cinco Llagas y hacer nuestra vida más humana y más cristiana: una nueva oportunidad de conversión.
✍️ Carlos Rey
#SoydelaTrinidad
























